31 de enero
Competir con valores en un mundo sin frenos
¿No saben que en una carrera todos corren, pero solo uno obtiene el premio? Corran de tal modo que lo obtengan.
(1 Corintios 9:24)
Competir no es pecado. El problema no está en la competencia, sino en el corazón con el que se compite.
Los cristianos también corremos carreras, disputamos espacios, defendemos ideas y soñamos con llegar más lejos. La diferencia no debería estar en el objetivo, sino en la manera.
Un cristiano que compite no pisa para subir, no descalifica para ganar ni traiciona valores para destacarse. Compite con excelencia, con esfuerzo y con pasión, pero sin perder la paz, la humildad ni el amor. Porque entiende que su identidad no depende del aplauso ni del resultado, sino de a Quién representa.
Cuando la fe guía la competencia, el rival deja de ser un enemigo y pasa a ser un desafío que nos mejora. Se gana sin soberbia y se pierde sin amargura. Se celebra el logro, pero también se aprende en el proceso. Y aun cuando el resultado no es el esperado, se sigue de pie, con la conciencia tranquila y el corazón alineado.
La verdadera victoria del cristiano no siempre se mide en podios, cargos o números, sino en haber honrado a Dios en cada paso del camino.
Competí, esforzate, soñá en grande. Pero que tu fe marque el ritmo. Porque cuando competís con valores, aun si no llegás primero, ya ganaste lo más importante.
Y ahora te pregunto:
¿Desde qué lugar estás compitiendo hoy: desde la fe que honra a Dios o desde la presión de tener que demostrar algo a los demás?
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