Cuando olvidás tu propósito, todo se vuelve pesado.
No porque te falte fuerza, sino porque perdiste de vista la razón por la que empezaste. El alma se desgasta cuando se desconecta de su norte. Pero cuando volvés a ese llamado que Dios puso en tu interior, todo recupera sentido: el peso se aligera, la mente se ordena y el corazón vuelve a arder.
En Dios, recordar es volver al origen.
Volver al lugar donde te habló, donde te dio visión, donde te mostró quién sos en Él. Ahí renace la convicción, esa que no depende del ánimo del día, sino de la certeza de tu propósito.
Esperar en Dios no es quedarse quieto: es reconectar con tu brújula interior, la que Dios mismo colocó. Cuando recuperás esa dirección, todo lo demás empieza a acomodarse. Porque donde hay propósito, hay fuerza… y donde esta Dios, hay rumbo.
Por : Sol Maby

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